
1 septiembre, 2026
Colombia importa zeolitas pese a tener indicios geológicos de ese recurso; al mismo tiempo importa gran parte de los fertilizantes que consume. ¿Podría transformar minerales nacionales en materiales funcionales para el campo en lugar de limitarse a comercializar materias primas?
Última actualización septiembre 1, 2026 a las 09:32 am
Colombia importa un mineral que, según todos los indicios geológicos, probablemente está bajo sus pies. Un estudio de la Universidad Nacional concluyó que las cordilleras Central y Occidental reúnen condiciones de vulcanismo antiguo y vidrios volcánicos alterados para albergar zeolitas naturales, el mismo tipo de roca que Ecuador exporta y que Colombia, paradójicamente, compra en el exterior. Todavía nadie ha confirmado un yacimiento explotable. Esta frase resume mejor el problema estructural de la minería colombiana: no es solo que extraigamos poco valor agregado de lo que sacamos del suelo; es que ni siquiera conocemos con precisión qué tenemos.
Escribo esto desde mi propio campo de investigación doctoral, dedicado a materiales capaces de almacenar y liberar nutrientes de forma controlada. En una columna anterior mencioné que en la Universidad Industrial de Santander se investigan zeolitas naturales como portadoras de nutrientes, y que esas estructuras minerales retienen y liberan lo necesario. Hoy, vuelvo a esa idea, pero desde otra perspectiva: la de una pequeña comunidad científica que sabe fertilizar en el laboratorio, pero aún no sabe cómo convertir el conocimiento que genera en una industria propia. Una cosa es demostrar que un mineral funciona en el invernadero y otra que ese resultado sea escalable y llegue a la finca de un agricultor de Pailitas o de La Paz sin un aumento significativo del costo.
Las zeolitas son aluminosilicatos porosos con alta capacidad de intercambio catiónico, lo que les permite retener iones como el amonio o el potasio y liberarlos gradualmente. Con los tratamientos desarrollados mediante la ciencia, se pueden reducir las pérdidas de nutrientes por lixiviación y mejorar la eficiencia con la que un cultivo aprovecha el fertilizante aplicado. ¿Suena prometedor? Claro que lo es, pero con matices que la prudencia científica obliga a mencionar. Una zeolita no sustituye a un fertilizante convencional, sino que puede funcionar como portador; su desempeño depende de la mineralogía, del suelo y del costo de procesarla a escala industrial.
Esta tecnología intentaría resolver un problema real para todos, porque hay quienes viven directamente del campo y conocen las limitaciones que enfrenta al producir a un ritmo exigido por una sociedad en crecimiento que también se alimenta de este. Colombia importa entre 1,9 y 2,3 millones de toneladas de fertilizantes al año y depende principalmente de China, Rusia y Estados Unidos para cubrir cerca del 70% de sus compras. La urea, el fertilizante más usado en el país, se importa en su totalidad porque, aunque Colombia produce gas, resulta más barato importarla que fabricarla. Esa dependencia se paga cara, teniendo en cuenta los tiempos que atravesamos en geopolítica: entre abril de 2025 y abril de 2026, el precio internacional de los fertilizantes subió cerca de un 52%, en parte debido a la tensión en el estrecho de Ormuz, por donde transita casi la mitad del comercio mundial de estos insumos. Ningún agricultor del Cesar, del Catatumbo o del Meta decide el precio, pero ninguno puede eludir la compra del bulto.
El CONPES 4129 de 2023, que contiene la Política Nacional de Reindustrialización, destinó parte de sus recursos a la agroindustria y a la bioeconomía, mencionando explícitamente a los fertilizantes como uno de los productos que Colombia debería aprender a fabricar con mayor sofisticación. Y en agosto de este año, el gobierno saliente puso a consulta pública el borrador de una Política Nacional de Minerales Estratégicos y Críticos, con hoja de ruta hasta 2032, que reconoce un problema de fondo: casi el 28% del territorio nacional carece siquiera de cartografía geológica básica. Es difícil construir una industria de minerales funcionales cuando el país aún no ha terminado de trazar su propio mapa.
Esa política, junto con un ambicioso proyecto de nueva Ley Minera presentado por el Gobierno de Gustavo Petro días antes de dejar el poder, quedó en manos de una administración distinta. El 7 de agosto, Abelardo De la Espriella asumió la presidencia con una agenda que promete desbloquear la inversión privada y formalizar la pequeña minería, al tiempo que anuncia austeridad fiscal y un recorte del presupuesto de Minciencias para 2026, en una entidad que ha sufrido recortes progresivos desde administraciones anteriores. Ahí aparece la tensión que de verdad importa: una política más favorable a la actividad extractiva no implica automáticamente una mayor transformación industrial. También puede traducirse, a más extracción y más exportación de materias primas, si no existe una estrategia paralela de ciencia, regulación, industria y escalamiento productivo.
El problema no es solamente si Colombia extrae o no. Un problema importante es qué hacer con lo que se decide extraer. Si los minerales se venden sin transformación, se mantendrá una relación desigual entre los recursos naturales y el desarrollo, con bajas ganancias por sus recursos y dependencia de tecnología externa. Si por el contrario, algunos de esos minerales son transformados en materiales funcionales para la agricultura, el debate cambia. Ya no estaríamos hablando únicamente de minería, sino también de fertilizantes, innovación, industria, conocimiento y, muy importante, de soberanía productiva.
Nada de esto se resuelve por sí solo, y menos aún de forma aislada en un laboratorio. Se requiere la articulación pertinente entre los actores. Por ejemplo, que el Servicio Geológico Colombiano complete el conocimiento del subsuelo, y que desde la ciencia las universidades y los centros de investigación, estudien los minerales funcionales para el desarrollo de fertilizantes, que la pequeña minería formal se asocie con la industria química y que el sector agrícola tenga voz en el diseño de estos productos, no solo en su uso final.
Colombia no tiene que elegir entre extraer o no extraer. Tiene que decidir qué hacer con lo que decide que extrae. Escribo esto pensando en la misma tierra sobre la que ya he escrito antes, la que, gracias a su riqueza agrícola, es capaz de producir delicias culinarias dignas de rankings mundiales, y que también guarda, sin que casi nadie lo sepa aún, minerales capaces de generar valor agregado a la economía del país desde diferentes frentes, como la industria y la agricultura, y que ese mineral que hoy se importa al país, algún día, termine convertido en tecnología para el campo colombiano.
