Opinión

21 abril, 2020

Hermosos tiempos aquellos…

En esta nueva columna, Fausto Cotes habla sobre llos distintos métodos de la vida en años anteriores. Un relato para rememorar tiempos idos.

La vida era fácil y sencilla, el agua del tinajero era fresca como las mañanas primaverales, pero había que buscarla en el cauce del rio que, generalmente colindaba con nuestros pueblos provinciales habitados.

En calambucos de amores se transportaba a los hogares y su único tratamiento consistía en decantarla en los tanques caseros, para luego que los pocos sedimentos se fueran al fondo, entonces verter por medio de tazas de peltre a las tinajas.

La vida era fácil y sencilla; nuestras casas tenían dos salones, uno hacía de alcoba y el otro de sala-comedor, siendo este, por las noches, utilizado como alcoba de contingencia cuando la familia crecía, o cuando algún visitante aparecía.

Dormíamos en camas-catres de lienzos, o hamacas, y el aire era dulce con olor a cafetales. Levantarse temprano era una costumbre ineludible, pues la ley del trabajo imperaba en cada lugar y en la escuela del pueblo íbamos a parar todos, niños y jóvenes, sin distingo de clases, ni colores, ni desprecios por tener más o menos de lo que la suerte nos habría brindado; se daban ciertos celos aristocráticos, pero al fin y al cabo la caridad era cristiana y la bondad arropaba cualquier sinsabor, dejando muchas veces entrever que todos éramos iguales.

La maldad era misteriosa y en el corazón del hombre siempre ha existido, pero la bondad era practicada por la gran mayoría, bajo el principio de la buena crianza, inspirada en el amor y respeto, por lo tanto, se manejaba la hermandad y el amor por la vida de todos.

Ahora estoy entendiendo porque mi padre en los preámbulos de la muerte, decía… “si la reencarnación existe me gustaría volver a nacer en mi pequeño pueblo, y convivir con los lugares que me mostraron lo que es la vida con sus emociones placenteras, con equilibrios firmes entre el placer y el dolor”.

Son etapas de la vida que se van dando y producen cambios permanentes y cada vez tan rápidos que, el día menos pensado, nunca podremos entender que allí existió la felicidad y que nunca anduvo de luto la ilusión.

Ah ¡….!hermosos tiempos aquellos que, cuando la naturaleza se enfadaba la respetábamos con mucha sumisión, todo lo contrario de hoy,…….¡La desafiamos! Parece que el hombre se sintiera superior a Dios.

Por: Fausto Cotes Núñez.